Cuando los clanes se reunían bajo el mandato de la Maquiria, no lo hacían para celebrar… sino para probarse.
El Torneo de la Fausta no era solo un torneo. Era el momento en el que cada guerrero enfrentaba su origen, su destino y el peso de su propia existencia. Setenta combatientes, creados en distintos tiempos, eran llamados a medirse en un orden inalterable: el primero contra el último, el más antiguo contra el más reciente, como si el tiempo mismo buscara equilibrarse a través del combate. Y lo más grandioso de todo, era que el ganador tendría la dicha de recibir al siguiente y último creado por La Maquiria.
El Escenario
Las plataformas flotaban en los distintos hábitats, suspendidas sobre abismos de energía, donde la gravedad obedecía reglas distintas. Ahí, cada enfrentamiento era único. El terreno, el entorno y la esencia de cada clan influían en la batalla, haciendo que ninguna lucha fuera igual a otra.
Las Reglas
Las reglas eran claras, pero implacables: vencer no siempre significaba destruir. Bastaba con obligar al oponente a rendirse, expulsarlo de la plataforma o arrebatarle su Gridsku —solo por un instante—, ese núcleo que sostenía su existencia. Pero cada victoria tenía un costo, y cada derrota dejaba una marca imposible de borrar.
Combates Memorables
En ese escenario, surgieron grandes combates memorables que marcaron la historia:
Versina contra Máksamma — El inicio frente al despertar.
Droknos contra Fyra — Fuerza indomable contra precisión calculada.
Migred contra Dkmaza — Mente estratégica contra resistencia absoluta.
Blocksowe contra Delmers — Brutalidad contra técnica.
Gotzing contra Droknos — La chispa del cambio frente al peso de la experiencia.
Más Allá de la Victoria
Pero más allá de los nombres y las victorias, la Fausta revelaba algo más profundo: ningún guerrero luchaba solo contra su oponente… luchaba contra su propia naturaleza.
El vencedor no obtenía solo reconocimiento, sino también lo tan anhelado: La Última Fausta. Se acercaba al entendimiento del equilibrio, a ese punto donde la fuerza, la conciencia y la aceptación convergen.
Porque en la Fausta, no gana el más fuerte… gana quien está listo para comprender lo que significa sostener el mundo, y esperar lo inesperado de su creación.
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